
Foto: Sebastián Freire
Judy tiene miedo
Por Edgardo Cozarinsky
Judy Garland (si se quiere Dorothy, la protagonista de El mago de Oz) tiene miedo. Las imágenes del espantapájaros, del hombre de lata, del león cobarde, de las distintas encarnaciones del mago, se rasgan ante sus ojos azorados. Sobre las imágenes de la ciudad esmeralda, en la corte de personajes benévolos o malignos que acompañan el trayecto iniciático de la adolescente, irrumpen en sobreimpresión cuerpos de hombres desnudos, no siempre reconocibles pero que rayan, dividen, rompen esas imágenes.
Rainbow, video de Sebastián Freire, indaga en las relaciones entre algunos lugares clásicos del folklore gay, hasta hacerlos explotar. Primero, el ícono Judy, frágil y enferma, que iba a cantar con voz cada vez más desgarrada su vivir desdichado. Después, el film adorado: la fábula que despliega aventuras e imprevistos para arribar a una conclusión conformista ("there's no place like home"), a la vuelta de Dorothy a la vida incolora del midwest. A pesar del infantilismo complaciente del libro, el film halagó a generaciones de espectadores no sólo norteamericanos (Salman Rushdie, niño, vio el film en Bombay y sostiene que lo decidió a hacerse escritor), les sugirió que un adolescente puede ser tan ingenioso y resistente como para desbaratar los poderes malignos que acechan en su camino. Ese sentimiento (intuitivamente el de la comunidad gay cuando enfrenta a una mayoría homofóbica) fue recuperado más tarde por la ironía cómplice de la mirada camp. Hoy estalla cuando irrumpe la imagen hasta ese momento excluida del cuerpo masculino, algo que Dorothy (¿Judy?) no había previsto en su itinerario.
Over the Rainbow, la canción del film que ha sido votada en Hollywood como la más importante de la historia del cine, hoy habla de otro arco iris, la insignia del orgullo gay. Stonewall, dice la leyenda oral, ocurrió porque los clientes del bar, en pleno duelo por la muerte de Judy, desataron su ira contra la irrupción de la policía. Quisiera recordar algo: al principio de su ordalía de suicidios fallidos y tratamientos psiquiátricos, Judy había sido cotidianamente drogada por la MGM para obtener una mayor intensidad de su interpretación: euforizantes con el desayuno, tranquilizantes al final de la jornada. (También Buddy Ebsen, que empezó a filmar en el papel del hombre de lata, fue reemplazado cuando el maquillaje a base de polvo de aluminio penetró en sus pulmones y lo afectó para el resto de su vida; Margaret Hamilton, como la bruja del Oeste, sufrió quemaduras de tercer grado cuando se filmó su desaparición en una nube de humo.)
Alberto Manguel, al desarrollar la idea de que (cierta identidad colectiva de) las naciones puede entenderse por los libros infantiles que sus ciudadanos han preferido, recuerda, en el contexto de la política de Bush en Irak, que la fabulosa ciudad esmeralda lo es porque sus habitantes están obligados a usar lentes de ese color, que el mago es un charlatán que satisface lo que la gente ha sido inducida a creer que desea. La MGM ha regalado a generaciones la fábula de una Judy adolescente que se aventura en los peligros y terrores del mundo adulto sólo para volver al refugio de su Kansas rural, y acaso soñar desde su blanco y negro con el color que conoció en otra existencia. Sebastián Freire incrusta el arco iris y la mirada de Judy en las imágenes violadas por lo que la MGM no podía abordar. Después de Rainbow es imposible volver a ver con inocencia El mago de Oz.
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