miércoles 9 de marzo de 2011

Fotografías según Ñ

Foto: Sebastián Freire

Rituales de iniciación

¿Cómo se define el comienzo de un artista? La respuesta está dada por las tomas inaugurales de Szalkowicz, Di Mario, Paiva, Werning, Schoijett y Freire.

POR JULIAN GORODISCHER

Como una virgen, acariciada por primera vez.” La primera foto, como ficción de un hito, arbitrario puesto ahí por la arbitrariedad o la contingencia. Solamente un síntoma, porque –como dice Cecilia Szalkowicz– “cuando se cree detectar un punto de inicio, enseguida se descubre que no es sino una parte de una serie infinita de sucesos, a veces encadenados, a veces superpuestos”. La iniciación –sigue Gustavo di Mario, cuya foto ilustra, entre otras, esta galería de primeras fotos– es no tenerle miedo al objeto, enfrentarlo, “conseguir la imagen, perdiendo la percepción del límite entre lo que fotografiaba y yo”. En su imagen sin título, las invariantes que definen a la foto posada y a la foto robada conviven excepcionalmente en una misma toma a través de dos miradas, una que interpela, la otra que se evade. Y esos cuerpos andróginos prefiguran –con el signo de lo posterior a su momento histórico (con el don de la anticipación)–, ya en los primeros 90, el achicamiento de la brecha entre los géneros.

“Fue la primera foto que saqué sin él, que era mi maestro...”, describe Luna Paiva la profusión de aromas y colores que se desprende de ese ramo de su foto, nacido para decorar la tumba de su padre pero apropiado por los deudos necesitados de transformar un arreglo pensado como fúnebre en fantasía, irrealidad. Ahí, en cada iniciación, de las que llenan estas páginas, está lo íntimo, lo cotidiano, lo cercano, la aldea y el hogar, modelando la carrera por venir, porque –como me dice el editor Iván Moiseff– “en las texturas de la infancia se prefigura un mecanismo que vuelve a funcionar cada vez que nos enfrentamos a una situación nueva”.

Mirar lo mismo como por primera vez: teñirlo de colores, traicionarlo, resignificarlo: no hay nada nuevo. Iniciarse es permitirse sentir los automatismos de otro modo, reconvertir en extraña la vida consciente, sacar de su contexto lo habitual para que, de pronto, se nos presente como revelador de otros mundos en éste. Entonces ese instante, ya sin contornos, se disuelve. “Todo está comenzando todo el tiempo –sigue Szalkowicz–. Tal vez sea una cuestión de velocidad.” Lo primero, siempre dedicado a los cercanos, a los íntimos, testigos de un salto que se necesita dar acompañado. Lo primero, privado de “un público”, en cambio hogareño, chiquito, desprolijo, un salto con red, no como el del perro que vuela (arriba, a la derecha), improbablemente atajado por el gordito que revela, en la sonrisa, su sadismo.

Pero no importa si rebota en seco contra el piso o es amorosamente abrazado por su dueño, no es una narración, un desarrollo, lo que testimonia cada foto sino el instante de la incertidumbre, el segundo del aquí y ahora, justamente lo que asigna la potencia a sus efectos. La primera foto, como momento decisivo en el que –como le pasó a Rafael Cippolini cuando Ruth Benzacar le sugirió ser curador– volvió a sentirse “dentro de algo”. O, según cita Rosana Schoijett a Patti Smith, como el momento bisagra, en el que se asienta una decisión que definirá el futuro en tanto artista: “cuando éste reprime sus impulsos destructivos y, en cambio, decide desarrollar los creativos”. Su foto (arr, izq) ilustra ese pasaje: no se sale incólume de la iniciación; la crisálida se rompe para quedar, así como el pollo o la rana, servido/a en bandeja, abierto/a y desgarrado/a, listo/a para la devoración, pero no importa... El mismo gesto del iniciado vuelve una y otra vez ante cada nueva obra, siempre y cuando –condiciona Sebastián Freire, otro de los convocados para dar a conocer su foto– la tarea signifique “un proyecto de indagación personal antes que el mero registro de personajes y acontecimientos”. Iniciarse como un cóctel mental –me dice Lucas Soares, filósofo– que, independiente de la edad biológica y el momento histórico, debería implicar “una dosis justa de atrevimiento, la asunción de que los nervios son el maldito combustible sin el cual no se puede hacer algo bien y el derecho de avanzar a través de errores que después uno no se vuelve a permitir”.

Se extraña ese cóctel.

Fuente: Revista Ñ

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